Plein air (2002) Impresión digital sobre plástico. 210 x 140 cm.

 Manantial (2002) Impresión digital sobre plástico. 210 x 140 cm.

 

 

 JOËL MESTRE
JOSÉ MARÍN-MEDINA

 

Texto incluido en el catálogo de la exposición colectiva "Figuraciones: Arte civil+Magicismos+Espacios de Frontera" organizada por Caja Madrid. Inauguración Enero 2003. Barcelona

Una serie inédita -la de los estandartes o banderas infografiadas- y un conjunto de pequeñas esculturas -casi todas ellas construidas en hueso y arcilla- integran la propuesta que representa a Joël Mestre en esta exposición. Las banderas eran un proyecto pendiente de realización y que enlaza directamente con la muestra Los balcones de Telépolis, que el Centro Cultural La Mercé, de Burriana (Castellón), y la galería My Name´s Lolita Art, de Valencia, dedicaron a Mestre entre octubre de 1998 y enero de 1999. Las cinco piezas escultóricas son las primeras, las originarias, de un ciclo que el artista esta desarrollando en la actualidad, y que, según declara el título de una de ellas, Telepolita -homúnculo cosmopolita realizado en madera, poliuretano y acrílico-, asimismo se refiere a esa geografía literaria y cibernética que describe el inequívoco territorio Mestre. Como vemos, se trata de un territorio declaradamente vinculado con el mundo de dos libros de Javier Echeverría: Telépolis y Los señores del aire: Telépolis y el tercer entorno, editados por Destino, Barcelona, 1999.

Nos encontramos, pues, ante una propuesta de arte que, sobre todo, va más allá de los límites impuestos, y que -como dice Maurizio Fagiolo dell´Arco, tratando de los metafísicos De Chirico y de su hermano menor Savinio-, indaga, además de en el lenguaje mismo, en las razones del hombre y de la cultura (Giorgio de Chirico y Alberto Savinio, de la metafísica al surrealismo, en el catálogo de la exposición Memoria del Futuro. Arte italiano desde las primeras vanguardias a la posguerra, Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, 1990).

 Un arte que va más allá de los límites impuestos. De ahí, el registro inquietante de esta proposición, en que una escultura y una pintura -relacionadas con los procedimientos de lo artesano y lo arqueológico, la infografía y el plotter- enlazan con materias de la tecnología de la información, de la filosofía de la ciencia, de la ciencia de la lógica y de la lógica del sueño, así como con asuntos sociales y con la propia narrativa literaria actual, traduciendo en planimetrías esos mapas o cartas que amalgaman y confinan lugares reales y soñados, títulos de película, nombres de preferencia, cosas, en esta especie de telepolitano cuarto de banderas que constituye su instalación en nuestra exposición, disponiendo su conjunto de estandartes referidos a lo virtual frente a una vitrina tipo pecera -pero también tipo caja de museo decimonónico- en la que se exhiben huesos animales hallados en los campos levantinos, elegidos y restaurados por Mestre como si casi de un arqueólogo se tratase, aplicándoles la intuición, el conocimiento, el sentido común y la fantasía (si es que se pueden del todo distinguir), y combinando el metamorfismo o alteración natural de lo mineral con la mudanza poética de la metamorfosis.

¿En que sentido enlaza esta obra con la categoría metafísica, siendo Joël Mestre uno de los adelantados de los jóvenes neometafísicos levantinos? Se ha discutido tanto sobre esa categoría, que bien merece la pena que escuchemos las mismas palabras de sus fundadores, concretamente aquí las que escribió Savinio: “Para muchos, la poesía viene de fuera a las cosas, las toca, las penetra, las anima; para otros, como yo, la poesía no viene de fuera, sino que nace de la cosa misma: del fondo de cada cosa. Esta es la propiedad de la poesía metafísica, este nutrirse de sí misma, como los lagos de origen volcánico. Recuerdo la insistencia de mi hermano y mía, en el tiempo en que, de acuerdo, ilustrábamos y comentábamos el carácter de nuestra poesía metafísica, al hablar del aspecto de las cosas, es decir, de su semblante interno. De aquí deriva el carácter de sueño de nuestra poesía metafísica, de un mundo en condición de sueño, es decir, de desnuda interioridad y libre de revestimientos añadidos por la exterioridad. Y recuerdo que la anatomía interna era un elemento que aparecía frecuentemente como una arquitectura, como una especie de geografía de aquella poesía nuestra. Los artistas anticipan los descubrimientos.” (Tales y Pitágoras, La Fiera Letteraria, Roma, número del 13 de febrero de 1948). Las osamentas de las esculturas de Joël Mestre, y los trazados y esquemas geométricos de las líneas de comunicación interterritorial de estas banderas suyas ¿acaso no son sino desnuda interioridad, anatomía interna, arquitectura y geografía y semblante interno del universo y descubrimiento de la psique de las cosas? ¿Y no tienen sus imágenes “la misma densidad del sueño” o “su mismo tipo de ver”, como dice Salvo -otro artista preferido de Mestre- en su cuaderno de pensamientos De la Pintura (Temple/Pre-Textos, Valencia, 1989)? ¿No es esta Telépolis una Nueva Atenas de Mestre, paralela y tan clásica y tan ensoñada como aquella Nouvelle Athene de los hermanos De Chirico?

En efecto, en estos estandartes altivos -de una imprevista retórica- y en estas frágiles osamentas -de iconografía mitológica y de materia ebúrnea- alientan las mismas palabras de De Chirico, cuando declaraba su antimodernismo en el axioma Pictor Classicus sum, y asimismo alienta la vocación de Savinio al proclamar que “el deber nos llama a perfeccionar el arte, nos llama para levantarlo y conducirlo hacia los destinos que se le han asignado: el clasicismo. Clasicismo que, claro está, no es vuelta a formas precedentes, preestablecidas y consagradas por una época ya transcurrida, sino logro de la forma más apta para la realización de un pensamiento y de una voluntad artística”. Un clasicismo encarado con el futuro y con la memoria de futuro de que habla Javier Echeverría, cuando en términos apocalípticos relata cómo “al observar las reliquias de los pueblos y de las ciudades antiguas, llama la atención que los tejados de sus edificios estén poblados por una selva de antenas y artefactos que constituyen la interfaz que sus habitantes mantienen con Telépolis. Podemos afirmar, por tanto, que los tejados son las auténticas fachadas de las nuevas telecasas”. Un clasicismo que mira el mundo telequinético, los rótulos de las ciudades, las luces de los semáforos, los signos y diagramas de la señalética, los paradigmas del diseño de instrumentos, el misterio laico del laberinto de los caminos, el círculo vicioso de las pistas, líneas y redes, el brillo casi inédito de las pantallas, y los restos de una prehistoria que todos han querido olvidar. Joël Mestre les da un lenguaje simbólico y un tempo nuevos, pero que vienen de lejos, parodiando a la diosa tecnología, reajustando la sensibilidad, pintando pensando, desde un instinto de presente eterno en el que Telépolis se sobrepone a Valencia, y la Academia Española de Historia, Arqueología y Bellas Artes en Roma se sobrepone a la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Politécnica valenciana, e incluso a la histórica muestra fundacional Muelle de Levante.

 

J.M.-M.