Sala de la Muralla. Colegio Mayor Rector Peset - Universidad de Valencia 
 

 

marvazelanda
Joël Mestre

Texto para el catálogo de la exposición “Marvazelanda”  en la Sala de la Muralla del Colegio Mayor Rector Peset- Universidad de Valencia. Abril-Junio (2007)

 

Los marinos profesionales, los que dirigen grandes buques de mercancías de continente a continente, los que tienen que cruzar varios meridianos o rebasar el Ecuador para cumplir con su trabajo, aquellos que soportan todo tipo de inclemencias y a menudo una soledad que ni un mono de Ghana sería capaz de aliviar; usan la romántica expresión "dormir en Cabo Culo" para mostrar lo que en verdad anhelan, y es que la mayoría de los que han trabajado largas temporadas en la mar busca regresar a tierra cuanto antes y dormir en aguas tranquilas, al calor y en compañía de su incandescente compañera.

Esta imagen tan ruda, impropia en la literatura de Patrick O'Brian o en voz del capitán Aubrey "El afortunado"; demasiado brusca incluso para otro obstinado aventurero como fue "el hombre de Boston", es sin embargo un sentimiento que aflora casi siempre, de un modo u otro, en el género de aventura. En El mundo en sus manos, Raoul Walsh (1952) quiere hacernos creer que la única ambición del capitán Jonathan Clark (Gregory Peck) es desde el principio hacer de Alaska territorio americano. Para su protagonista parecen ser el viento y su flamante goleta la "Peregrina" de Salem, los únicos elementos que reducen el mundo a un insignificante territorio, pero pronto comprobamos que lo que pretende realmente es conquistar el corazón de la condesa rusa (Ann Blyth), ese tercer elemento que redimensiona el mundo, la propia vida y en este caso una razón que justifique definitivamente su retiro.

La imagen simulada de un mundo al alcance de la mano puede ser hoy una aventura mucho más sedentaria y enloquecida quizá. El riesgo de esta modalidad de aventura es que castiga el cuerpo de un modo distinto. Al margen de una paulatina atrofia muscular es aquí, como mucho, la cabeza y las ideas las que se revolucionan. Desde un monitor de sobremesa la palabra emigración pierde la dureza de otros entornos; esa que la naturaleza más primitiva nos obliga en forma de nomadismo y aquella que entre urbes y fronteras nos angustia a modo de pasaporte. Desplazarse aquí parece un concepto absolutamente aséptico, pero nada más lejos. La virtualidad nunca ha carecido de pasión, tampoco en su versión tecnológica.

Michel Serres lleva años elogiando esta nueva naturaleza, no en balde fue marino antes que académico lo que le da a sus argumentos una poética inusual. Su libro "Atlas", podríamos decir que es en cuanto al tema la versión francesa de aquel "Telépolis" y posteriores de Javier Echeverría. "Atlas" es un libro más sentimental, fragmentado en pequeños episodios que van desde el ensayo a la más auténtica alucinación. Sus "láminas" o episodios recuerdan más, en ocasiones, a ese género que Rafael Sánchez Ferlosio hizo suyo. Los pecios, como restos de un naufragio, son metafóricamente pequeños fragmentos de una realidad y de un mundo cuyo conocimiento solo puede ser parcial pero intenso, acaso este sea en el mejor de los casos el triunfo al que puede aspirar una pintura.

Entre las curvas de este "Atlas", Serres rescata un relato de Guy de Maupassant. "El Horla" (1887), es un pequeño diario que abarca desde la primavera hasta el final del verano, un periodo en el que su protagonista narra como su vida va compaginando un estado ocioso y contemplativo con una vida cada vez más alterada y sofisticada, en la que algo o alguien se introduce en su vida casi sin darse cuenta y le muestra una nueva realidad que le lleva a enloquecer. Maupassant cuestiona la realidad, aunque se deleita en lo cotidiano, hasta en los más pequeños detalles, cree en una realidad que continua más allá de lo tangible. A través de su personaje cuestiona los sentidos y aspira a que la fiebre afine sus facultades permitiéndole percibir otro nivel del mundo más etéreo y cambiante.

El temperamento aéreo de Maupassant ya cautivó a Alberto Savinio allá por los años cuarenta [1], ahora Michel Serres lo trae a colación en un relato con el que encuentra un paralelismo evidente en la cada vez más fluida intromisión de la virtualidad tecnológica en nuestra vida cotidiana. "El habitante inmóvil y hogareño, huye simétricamente, hacia el exterior"[2]. Si esta huida ha sido tradicionalmente estimulada por la literatura, la música, la imagen o la tradición oral, hoy y desde hace ya algún tiempo, tiene un complemento reforzado en la propia red y en muchos programas informáticos. Aunque la cuestión que despeja Serres ya no es tanto a ¿donde ir?, sino el donde nos encontramos y cual es la naturaleza de nuestras intenciones. Archisabido es que este medio hace imposible dibujar un atlas preciso y definitivo, pues cada nombre y cada terminal genera hoy unas coordenadas potencialmente a tener en cuenta. Marvazelanda es hoy solo un punto imaginario situado geográfica y bidimensionalmente entre el estudio/taller y sus antípodas.  

 

(1)  Alberto Savinio, Maupassant y “el otro”, Barcelona, Bruguera, 1983.
(2)  Michel Serres, Atlas, Madrid, Cátedra, 1995 (p.63).