La vida de Volito 1 (Cometa).  73 x 92 cm.  Pigmento y látex sobre loneta.

 

 

 

 

 

 

 

 

Metafísica fluorescente

El pintor castellonense Joël Mestre presenta en Madrid una serie de pinturas a partir de estructuras plegables de cartón como las que suelen acompañar los frascos de vidrio. Una mirada irónica e enigmática a los objetos de uso cotidiano.

JOËL MESTRE. Galería My Name’s Lolita Art Almadén, 12. Madrid. Hasta el 21 de enero de 2006

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

Como le sucedió al personaje del poema de Baudelaire, el arte también perdió, por las prisas, su aureola en las calles de la ciudad moderna. Así, aquella “irrepetible aparición de una lejanía” que era el aura perdió el voltaje de su eterna originalidad para convertirse en fugaz y repetitiva reproducción de lo idéntico. Lejos de toda nostalgia apocalíptica, la obra de Joël Mestre (Castellón, 1966) es la de una suerte de metafísico pop, alguien que ha sabido sintetizar (y de paso valorar lo sintético) las viejas labores de la pintura con las nuevas urgencias de la modernidad: de la analogía a la ironía y de lo analógico a lo digital. El resultado es un universo personalísimo poblado de iconos, antenas, circuitos y seres “blandos” alumbrados con una luz fluorescente que convierte cada cuadro de Mestre en una obra inconfundible. La muestra que ahora presenta en Madrid, explícitamente titulada Mitología doméstica, añade a esa actitud un severo ejercicio de depuración. El camino que lleva desde la fría y lejana Telépolis hasta la cercana y cálida (empezando por los colores) Domus cosmopolita se ha traducido en una mayor limpieza de estímulos. El espíritu, entre tanto, sigue siendo el mismo. En este caso la mirada se proyecta sobre eso que en el mundo del diseño industrial recibe el nombre de packaging, esas estructuras abiertas de cartón que acompañan en sus cajas a los objetos más frágiles. Entre la caja china y la segunda piel. Estas escultóricas y bidimensionales naturalezas muertas son, en cierto modo, herederas de los bodegones que hace diez años Joël Mestre pintaba utilizando como modelos los botes de champú y de detergente. Con más aristas pero también con más calor, estas pinturas recientes suponen una nueva mirada, extrañada y extraña, sobre los objetos que atiborran una galaxia a la que, sin aureola, hemos puesto el nombre de vida cotidiana.