LOS BALCONES DE TELÉPOLIS [1]
Joël Mestre

 

Texto para el catálogo de la exposición “Los Balcones de Telépolis”. 
Centro Cultural La Merce de Burriana (Castellón) y Galería My name´s Lolita Art de Valencia. 1998

 

 

Más de una discusión debió tener Giorgio De Chirico con su hermano Alberto[2] allá por los años 20. Un diálogo más constructivo que aquel pulso que mantuvo con Carrá (alentado por Giovanni Papini), donde se  cuestionaba la autoría de una nueva Pintura. La incondicional admiración de Alberto Savinio por  la obra de su hermano no le impidió discutir algunos aspectos de su pintura, desvelando en toda aquella trama  un segundo camino de la Pintura Metafísica.

En realidad muchos de ellos compartieron un código que sirvió para amortiguar a la euforia futurista. Entre ellos un particular humorismo, un humor en las antípodas de la carcajada, imágenes que recordaban los chistes de un anciano, como anécdotas sin gracia que van dibujando una sonrisa para el resto de los días. Pero a diferencia de Giorgio De Chirico, la obra de Alberto Savinio, que compartió con Carrá algunos planteamientos, optó por

una poética en torno a lo positivo sin recrearse en la fatalidad.

Así lo demuestra en Los emigrantes  (1929) o en La Isla de los juguetes (1928), y en su faceta como escritor cuando habla de la muerte en Contad hombres, vuestra historia, (1942) que no indaga en el dolor sino en el discurso vital de  las propias vidas.

Las discusiones con Savinio, entre 1919 y 1924,  llevaron a Giorgio a una revisión de su propia obra, alejándose de una estrategia, a veces caótica, en la presentación de sus objetos y de una temática negativa. Savinio, satisfecho, siguió practicando una pintura basada en la recuperación de la memoria y la tradición, no del academicismo, que incluía  

una renovación formal.[3]

En El destino de Europa  (1944), Savinio es un espectador implacable, que reclama con todas sus fuerzas

una vida propia.

Un lugar que nos permita disfrutar de los acontecimientos con un criterio propio , confiando en nuestra propia subjetividad  y  en nuestros propios sentidos, y  no por  inercia,  a una opinión masiva o pompier .  A este lugar arrebatado (a veces tan inaccesible), él lo llama, todavía en 1944, la Torre de Marfil , una torre que distintamente a como hace McLuhan en 1964, no la reclama sólo para propiedad del artista

sino para cualquier persona que quiera reconquistarla.

 

Marshall McLuhan echa al artista de un lugar idealizado y confuso, Savinio que ha sido un futurista moderado, nos instala en una vivienda de protección oficial, y por fin, McLuhan opta por la reforma y tras tirar unos cuantos tabiques, coloca el cartel de Torre de Control, un término más adecuado para esta era de la información y el mundo tecnológico.

El “privilegio”  de provocar los cambios está  hoy en manos de otros gremios más competitivos. Con la tranquilidad que eso le da al artista , le veo desde hace algún tiempo trasladándose y  poniendo orden en su nueva casa, con el coraje de crear un arte no para agredir al enemigo sino para tratar de reconstruir su propia visión de las cosas.

A Savinio la versatilidad le parecía imprescindible para “colorear” la vida, es cierto que nos pasamos la vida espumando a lo sumo dos o tres obsesiones, descuidando quizá nuestra vieja torre de marfil. Ahora entre nuestras obligaciones, además, está la de ser espectador, una actitud que en absoluto nos empobrece. El artista se ha convertido en un trabajador capaz de crear sus propias trampas, una especie de jinete y analista, entre la tradición y el último informativo de Euronews. Unos parámetros, que sin perder la referencia, le permiten cabalgar por un horizonte lo bastante extenso como para hacerlo con optimismo. Abarcando muchos más nombres y territorios que aquel que simplemente es arrastrado, e instalándose definitivamente en la parcela que le corresponde, la ilusión en su propio criterio y su sano juicio.  Las coincidencias que puedan ocasionar estos viajes son un placer añadido,  más aún cuando logran desmitificar los acontecimientos del día a día, que es como caminar tranquilo.

Pintar resulta un acontecimiento tan íntimo que parece todavía más inexplicable en Telépolis. Para los que siguen viendo en la Pintura un medio más que un fin, la tecnología nunca ha sido un contrincante, sino más bien un aliado que la nutre. De hecho, la comunicación y la técnica han despojado a la pintura  de algunos valores, como por ejemplo el costumbrismo o a una pintura estrictamente documental o el virtuosismo, donde la realidad virtual ha logrado colmar esa ilusión visual perseguida durante siglos en la representación con un aparato tan perfecto que la calma de un pincel parece ya de locos. Sin embargo, todavía hay quienes quedan fascinados ante aquellos trabajos que en su aparente inutilidad manifiestan la torpeza de la mano que los fabrica. Seguimos viendo virtud a una economía de medios. La pintura echa mano de sus trampas para desmitificar la tecnología, en cierta manera ayudando a digerirla.[4] Sin comparaciones, no se trata de un escepticismo hacia las nuevas técnicas, sino hacia una cultura de los medios ya formateados.

Acotando esa vasta cartografía del arte, cuestionar la eficacia de la pintura es bien fácil utilizando criterios de agresividad publicitaria, o de tratamiento colectivo, pero también lo es utilizando parámetros exclusivamente privados e indescifrables. Quizá el pintor esté hoy lejos de ser un Jean Baptiste Grenouille[5] de la imagen y la eficacia y la funcionalidad no sean una condición de la pintura, más entregada a la calma y al recogimiento, y  ralentizada al resto de los medios. Pero en todo diálogo hay complicidad,  incluso en ese comportamiento antisocial del pintor o del poeta, que como dice McLuhan, aguzan nuestra percepción, y tienen a veces una extraña capacidad para ver los ambientes tal y como son realmente, con indiferencia y con pasión. Así sucede en el famoso relato de “la vestidura nueva del rey “ de El Conde Lucanor, donde fue el negro caballerizo “antisocial”, que sabía en que tiempo se encontraba y no tenía nada que perder, quien vio con claridad que el rey  iba desnudo.

Tenemos así al artista entre nosotros, incitándonos a una lectura interior, a una Pintura trabajada en el suburbio[6] y  formando parte de una mirada silenciosa y lenta. Tan paralela a la exuberancia de otros medios, como las viejas metrópolis lo son de Telépolis.

La Pintura abre el balcón de Telépolis y mira como antaño a los demás balcones que, con caras de anagrama, devuelven el saludo. Es un paisaje al que apenas llega una brisa, que se confunde con un zumbido que adormece.[7]

 

[1] Una nueva organización social basada en el concepto de McLuhan de una aldea global. Telépolis es una ciudad sin territorio y cuya estructura básica es la red de individuos, la cual, vincula puntos geográficamente dispersos y, sin embargo, unidos por la tecnología. Segun Javier Echeverría  (Telépolis. Ed. Destino.1994), Telépolis transforma los ámbitos domésticos y la aparición de un nuevo tipo de economía basada en la conversión del ocio en el trabajo, en el consumo productivo de medios de comunicación y en la capitalización de los nombres propios.

[2] Alberto Savinio (Atenas 1891- Roma 1953. Seudónimo de Andrea De Chirico). Fue pintor, novelista, comediógrafo, ensayista y músico. Entre su obra literaria destacan Hermaphrodito (1918), Nueva Enciclopedia (1941-1948), Contad hombres, vuestra historia (1942), Maupassant y el otro (1949), El destino de Europa (1944), Nuestra Alma (1944), Tutta la Vita (1945) . Entre sus amigos se encontraba Giovanni Papini, con el que mantuvo una acalorada e intensa correspondencia durante la 1ª Guerra Mundial.

[3] “Classicismo che beninteso, non è ritorno a forme antecedenti, prestabilite e consacrate da un´epoca trascorsa: ma è raggiungimento della forma più adatta alla realizzazione di un pensiero e di una volontà artistica, la quale non esclude affato le novità di spressione anzi le include, anzi le esige”.  Alberto Savinio. Fini dell´arte. Valori Plastici,  l, (1919)

[4] Durante la primera mitad del siglo XVIII, la sátira fue el entretenimiento y género literario predominante. Entre los temas preferidos de William Hogarth (1697-1764), se encuentran los asuntos morales modernos, la degradación de las metrópolis y la ética ciudadana.

[5] Aquel personaje de Süskind, en la novela de El Perfume (1985),  capaz de hechizar con el olfato a todo aquel que oliera su  esencia. La nariz de este truculento perfumista dieciochesco, se permitía combinar las fragancias según lo que deseara conseguir de su público. Un sueño que termina en moraleja, al ser devorado, literalmente, por su propio público en un exceso de amor

[6] Del suburbio nació Muelle de Levante. Hicieron  así una gran labor  aquellos quienes oteaban por los extrarradios del arte y observaban en silencio el trabajo de unos pintores que desde hacía  ya algunos años, hacían bailar sus pinceles al son de las palabras y de una forma de pintar basada en la reflexión, el placer de los sentimientos y las sensaciones.  Rápidamente el público,  de gran aparato digestivo, quiso llevar el suburbio al centro de la ciudad y aunque hay una extraña  satisfacción para el pintor en esa sintonía, la Pintura del Muelle regresa al suburbio , allí  parece correr más que la moda, esa que como la espuma de una ola se esfuma tras la avalancha. Cada pintor toma así su camino, hubo hopperistas, de chiriquianos, rosenquistas, katzianos, tintinescos, post-tecnológicos, una poesía  y un silencio que solo lo rompe la evidencia de una pintura que indaga en los parámetros con los que se mira un cuadro, dando la confianza a la mirada intensa y particular del espectador.

[7] “el encuentro entre los medios es un momento de libertad y de liberación del trance ordinario y del entumecimiento que imponen a los sentidos.”. Understanding Media. Marshall  McLuhan. 1964