Aldous Huxley  (1894 - 1963)
  APÉNDICE  de  "Los  Demonios  de  Loudun"  (1952)
Este texto ha sido extraído de Los Demonios de Loudun, editorial Sudamericana, 4a. edición de enero 1999 y cuya traducción corresponde a H. A. Murena (ISBN: 950-07-1488-4).

"Sin tener en cuenta el profundo e innato anhelo del hombre de autotrascenderse, sin comprender su muy natural repugnancia a tomar el arduo camino ascendente y su búsqueda de falsas liberaciones que se dirigen, ya hacia planos inferiores de su personalidad, ya hacia planos horizontales, no podremos hacernos cargo del particular período histórico en que vivimos, ni de la historia en general, de la vida tal como fue vivida en el pasado y como se vive hoy día. Por ello me propongo aquí tratar algunos de los más corrientes sustitutos de la Gracia, mediante los cuales hombres y mujeres han intentado siempre evadirse de la atormentadora conciencia de ser simplemente ellos mismos.

Hay en la actualidad en Francia aproximadamente un vendedor de alcohol por cada cien habitantes. En los Estados Unidos hay por lo menos un millón de alcohólicos desesperados y un número considerablemente mucho mayor de bebedores consuetudinarios cuya enfermedad no ha llegado aún a ser mortal. En lo que respecta al consumo de sustancias tóxicas en el pasado, no tenemos un conocimiento preciso ni estadísticas seguras. En el oeste de Europa, entre los celtas y los teutones, durante toda la Edad Media y el comienzo de los tiempos modernos la ingestión de alcohol era probablemente aun mayor que hoy día. En las numerosas ocasiones en que ahora bebemos té, café, o bebidas gaseosas, nuestros antepasados se refrescaban con vino, cerveza, hidromiel y, en siglos posteriores, con ginebra, coñac y aguardiente. El beber exclusivamente agua era una pena que se imponía a los malhechores o bien los religiosos lo aceptaban como penitencia, junto con un ocasional régimen vegetariano, como una severa mortificación. No beber una sustancia alcohólica constituía una extravagancia de tal modo notable que suscitaba comentarios y hasta la aplicación de sobrenombres más o menos despectivos. De ahí los nombres de Bevilacqua en Italia, de Boïleau en Francia y de Drinkwater en Inglaterra.

Mas el alcohol constituye sólo una de las muchas drogas empleadas por el hombre como medio de evadirse del yo aislado. Creo que los narcóticos naturales, las sustancias estimulantes y capaces de provocar alucinaciones fueron conocidas, hasta en sus más insignificantes propiedades, desde tiempo inmemorial. Los modernos laboratorios nos han dado un sinnúmero de nuevos productos sintéticos, pero en lo que respecta a los venenos naturales no han hecho más que desarrollar mejores métodos de extracción, de concentración y de combinación de aquellos ya conocidos. Desde la amapola al curare, desde la coca de los Andes al cáñamo de la India y al agárico de Siberia, todo árbol o matorral u hongo capaz de provocar, cuando se ingiere, efectos estupefacientes o excitaciones o visiones hace mucho tiempo que ha sido descubierto y sistemáticamente aplicado. El hecho resulta extrañamente significativo pues parece probar que siempre y en todas partes el ser humano ha sentido la absoluta imperfección de su existencia personal, la miseria de ser su aislado yo y no algo más, algo más amplio, algo, para decirlo con las palabras de Wordsworth, "mucho más profundamente interpenetrado con los otros, en un recíproco fluir". En su exploración del mundo que lo rodeaba, el hombre primitivo "trató todas las cosas y se aferró a las que eran buenas". A los efectos de su conservación, bueno era todo fruto u hoja comestible, toda semilla, raíz o nuez; mas en otro sentido - en el de la insatisfacción del yo y en el del anhelo de autotrascenderse - bueno es en la naturaleza todo aquello que provoque un cambio en la calidad de la conciencia individual. Tales cambios de estado provocados mediante drogas pueden ser manifiestamente dañosos, pueden pagarse al alto precio de perturbaciones en el presente y con la degeneración y la muerte prematura en el futuro, mas todo eso no tiene importancia. Lo que importa es saber que, aunque sólo por una hora o dos, aunque sólo por breves minutos, uno es algo distinto de su propio yo aislado. "Vivo, mas no yo sino el vino o el opio o el hachís viven en mí." El traspasar los límites del yo aislado constituye una suerte de liberación tal que aún cuando la autotrascendencia que lleva al frenesí se logre a través de la náusea, la que lleva a las alucinaciones y al estado de coma, a través de retortijones, el estado conseguido mediante drogas ha sido mirado por los hombres primitivos y hasta por los de avanzadas civilizaciones como intrínsecamente divino. Los éxtasis provocados por la intoxicación constituyen aún una parte esencial de la religión de muchos pueblos de Africa, Sudamérica y la Polinesia y una parte no menos esencial, como lo prueban claramente documentos que han llegado hasta nosotros, de la religión de los celtas, de los teutones de los griegos, de los pueblos del Asia Menor y de los arios que conquistaron la India. La cerveza era un dios. Entre los celtas, Sabazios era el nombre divino que se deba a esa enajenación total provocada por la embriaguez de cerveza. Más hacia mediodía, Dionisios era, entre otras cosas, la objetivación sobrenatural de los efectos psicofísicos del beber gran cantidad de vino. En la mitología védica, Indra era el dios de esa droga llamada soma, que no ha podido ser identificada hasta ahora. Héroe y matador de dragones, era la magnífica proyección a los cielos del extraño y glorioso estado de la intoxicación. Identificado con la droga llegó a convertirse, como Soma-Indra, en la fuente de la inmortalidad, en el mediador entre lo humano y lo divino.

En los tiempos modernos la cerveza y los otros productos tóxicos y estupefacientes capaces de provocar una autotrascendencia no son ya adorados oficialmente como divinidades. La teoría ha experimentado un cambio, mas no así la práctica, pues millones y millones de hombres y mujeres civilizados continúan rindiendo culto no al liberador y transfigurador Espíritu, sino al alcohol, al hachís, al opio, a sus derivados y combinaciones y a todos esos modernos productos sintéticos variantes del antiguo catálogo de venenos capaces de causar la autotrascendencia. En todo caso, por supuesto, lo que parece un Dios es verdaderamente un demonio y lo que parece una liberación es en realidad una esclavitud. La autotrascendencia, que se logra en tales condiciones es invariablemente descendente, desciende a lo subhumano, a lo que es inferior a la persona.

Lo mismo que la intoxicación, la sexualidad pura, esto es, por sí misma y divorciada del amor, fue en otros tiempos también una divinidad, adorada no sólo como el principio de la fecundidad sino como una manifestación de la absoluta alteridad inmanente en cada ser humano. En la teoría, la sexualidad pura hace tiempo que ha dejado de ser un Dios, pero en la práctica puede todavía jactarse de contar con innumerables sectarios.

Hay una sexualidad pura que es inocente y hay una sexualidad pura que es moral y estéticamente sucia. D. H. Lawrence escribió muy bellamente acerca de la primera; Jean Genet, con horripilante vigor y menudamente acerca de la segunda. Tanto la sexualidad del Edén como la de las cloacas tienen el poder de hacer trascender al individuo los límites de su aislado yo. Mas la segunda, y de ésta (podemos conjeturarlo con tristeza) las variedades inferiores, es capaz de llevar a los que se entregan a ella a planos más bajos de lo subhumano y de dejar la conciencia y la memoria en un estado de enajenación más completo que lo que puede realizar el primer tipo de sexualidad. De ahí que para aquellos que sienten el anhelo de evadirse de su aprisionada identidad el pervertirse tenga una perenne atracción lo mismo que esos extraños equivalentes de la perversión que hemos descrito en el curso de este libro.

En las comunidades más civilizadas la opinión pública condena el libertinaje y la ingestión de drogas considerándolos éticamente reprobables. Y esta condena moral se ve fortalecida por las represiones fiscales y legales. Sobre el alcohol pesan elevados impuestos. La venta de estupefacientes está prohibida en todas partes. Ciertas prácticas sexuales son consideradas como crímenes. Mas cuando pasamos de la sexualidad pura y de la ingestión de drogas al tercer gran camino de autotrascendencia descendente verificamos que tanto los moralistas como los legisladores asumen con respecto a él una actitud muy distinta y mucho más indulgente. Y esto resulta tanto más sorprendente cuanto que el delirio de las masas, como podríamos llamarlo, es mucho más peligroso para el orden social, representa una amenaza más dramática contra ese ligero barniz de decencia, moderación y tolerancia mutua que constituye una civilización, que la bebida y el libertinaje. Verdad es que un exceso de indulgencia que se generalizara y llegara a constituir un hábito permanente en materia de sexualidad podría determinar, como lo ha señalado J. D. Unwin, la disminución de la energía de toda una sociedad haciéndola por eso incapaz de lograr o bien de conservar un alto grado de civilización. Análogamente, si el hábito de ingerir drogas se difunde con exceso puede rebajar la eficacia militar, económica y política de la sociedad en que prevalece tal hábito. En los siglos XVII y XVIII el alcohol fue el arma secreta de los traficantes europeos de esclavos, la heroína fue en el siglo XX lo mismo para los militaristas japoneses. Completamente embriagado, el negro era una presa fácil, así como el chino embotado por las drogas no provocaba demasiados disturbios a sus conquistadores. Mas éstos son casos excepcionales. Una sociedad abandonada así misma, por lo general se organiza de modo tal que le sea posible entregarse a su veneno favorito. La droga es así un parásito en el cuerpo político, pero un parásito cuyo huésped para decirlo metafóricamente, tiene la suficiente fuerza y buen sentido como para mantenerlo bajo su dominio y regulación. Y lo mismo puede decirse de la sexualidad pura. Ninguna sociedad que se organizara sobre las bases de las prácticas sexuales tomadas de las teorías del marqués de Sade podría sobrevivir. Y en efecto, ninguna sociedad se ha organizado nunca sobre tales bases. Hasta los más licenciosos paraísos artificiales de la Polinesia tienen sus reglas y regulaciones, sus imperativos categóricos y sus preceptos. Parece que las sociedades tienen la capacidad de protegerse con bastante éxito contra los excesos de la sexualidad, como contra los de la ingestión de drogas. En cambio, sus defensas contra el delirio de las masas y sus consecuencias a menudo desastrosas son menos eficaces. Los moralistas de profesión, que prorrumpen en invectivas contra la embriaguez, se muestran extrañamente silenciosos con respecto al igualmente peligroso vicio de la intoxicación de las multitudes, del autotrascender descendente a lo subhumano por el proceso de entrar a formar parte de una multitud.

"Donde dos o tres se reúnen en mi nombre allí estoy yo con ellos." En medio de dos o tres centenares la presencia divina se hace más problemática. Y cuando el número se eleva a millares o a decenas de millares la probabilidad de que Dios esté presente en la conciencia de cada individuo declina hasta el punto de desvanecerse casi por completo. Una multitud excitada (y toda multitud se excita automáticamente) es de tal condición que allí donde están reunidos dos o tres mil individuos no sólo no está presente la divinidad, sino ni siquiera la humanidad común. El hecho de ser uno dentro de una multitud libera al hombre de su conciencia de ser un yo aislado y lo lleva a una esfera inferior a la persona, donde no existen responsabilidades, justicia o injusticia, donde no hay necesidad de pensar ni de juzgar ni de discernir. Sólo reina allí un vago sentimiento de continuidad, sólo una excitación compartida, una enajenación colectiva. Y esa enajenación es con mucho más prolongada y menos exhaustiva que la producida por el libertinaje; la mañana que sigue a ella es menos deprimente que la que sigue a la enajenación provocada por envenenamiento mediante alcohol o morfina. Por lo demás, el delirio de las masas puede justificarse con motivos a los que puede asignárseles positivas y hasta virtuosas cualidades. Por eso, lejos de condenar la práctica de este tipo de autotrascendencia descendente, los conductores de la Iglesia y del Estado la han estimulado en la medida en que podría contribuir a la prosecución de sus propios fines. Los individuos y los grupos coordinados que constituyen una sociedad sana, hombres y mujeres que exhiben una cierta capacidad de concebir pensamientos racionales y de actuar con libertad a la luz de principios éticos, colocados en medio de una multitud actúan como si ya no poseyeran razón ni libre voluntad. La intoxicación de la multitud los reduce a una condición de irresponsabilidad infrapersonal y antisocial. Narcotizados por ese misterioso veneno que segrega toda muchedumbre excitada caen en un estado de exaltación que los hace aptos para que en ellos prospere cualquier sugestión, estado semejante al que produciría la ingestión de un estupefaciente o semejante al de un rapto hipnótico. Mientras se encuentren en tal estado creerán cualquier disparate que se le vocifere, obedecerán cualquier orden o incitación por insensata, loca o criminal que sea. Para los hombres y mujeres que se encuentran bajo la influencia del veneno de la muchedumbre, "cualquier cosa que yo diga tres veces es verdad", y cualquier cosa que yo diga tres mil veces es una verdad revelada, directamente inspirada por el Verbo divino. Esta es la razón por la cual los hombres que tienen autoridad -los sacerdotes y los gobernantes de pueblos- nunca han proclamado la moralidad de esta forma de autotrascendencia descendente. Cierto es que el delirio de las multitudes provocado por miembros de la oposición y en nombre de principios heréticos siempre ha sido condenado por los que estaban en el poder, mas el delirio de la multitud suscitado por los agentes del gobierno, el delirio de la multitud provocado en nombre de la ortodoxia es algo enteramente distinto. En todos los casos donde pueda servir a los intereses de los hombres que dominan la Iglesia y el Estado, la autotrascendencia descendente lograda por medio de la intoxicación de la masa es algo legítimo y hasta altamente deseable. Las peregrinaciones y mítines políticos, las reuniones de coribantes y los desfiles patrióticos son cosas éticamente justas sólo en la medida en que son nuestras peregrinaciones, nuestros mítines, nuestras reuniones y nuestros desfiles. El hecho de que la mayor parte de los que intervienen en tales cosas queden transitoriamente deshumanizados por el veneno de la multitud no tiene ninguna importancia en comparación con el hecho de que su deshumanización se utilice para consolidar los poderes religiosos y políticos.

Cuando el delirio de la multitud se explota en pro de los gobiernos y de las iglesias ortodoxas, los explotadores se han manifestado siempre muy cuidadosos de no llevar la intoxicación demasiado lejos. Las minorías rectoras hacen uso de los anhelos de autotrascendencia descendente de sus sujetos, primero, con el fin de divertirlos y distraerlos y, segundo, para reducirlos a un estado infrapersonal de exaltación que los hace aptos para que en ellos prospere cualquier sugestión. Las ceremonias religiosas y políticas son bien acogidas por las masas, que las consideran oportunidades de satisfacer su anhelo de autotrascendencia, y por los conductores, para quienes son oportunidades de sugestionar a mentes que momentáneamente han perdido su capacidad de razonar y el ejercicio de su libre voluntad.

El síntoma final de la intoxicación de las muchedumbres es una explosión de loca violencia. Los ejemplos de delirio de las multitudes que culminan en innecesarias destrucciones, en feroces daños que se infieren a sí mismas, en salvajes desmanes sin objeto y contra los más elementales intereses de la comunidad de la que forman parte, figuran en casi todas las páginas de los libros de texto de los antropologistas y -un poco menos frecuentemente, pero todavía con triste regularidad- en las historias de los pueblos, hasta de los más altamente civilizados. Excepto cuando quieren suprimir una minoría impopular, los representantes oficiales del Estado o de la Iglesia se cuidan de desencadenar un frenesí que no pueden estar seguros luego de dominar y regular. Tales escrúpulos no los alimenta el cabecilla revolucionario que odia el statu quo y que sólo alienta el deseo de crear un caos sobre el cual, cuando él se haga cargo del poder, pueda imponer una nueva clase de orden. Cuando el revolucionario explota el anhelo de los hombres de autotrascendencia descendente, los explota hasta el extremo del frenesí demoníaco. Ofrece a las mujeres y hombres a quienes les pesa su aislado yo y que están hastiados de las responsabilidades que entraña el ser miembro de un determinado grupo humano, excitantes oportunidades de deshacerse de todo eso en desfiles y manifestaciones públicas. Los órganos de un cuerpo político son grupos dirigidos a un determinado fin. Una muchedumbre es el equivalente social de un cáncer. El veneno que segrega despersonaliza a los miembros que la constituyen hasta el punto de que éstos comienzan a actuar con una violencia de que serían completamente incapaces en su estado normal. El revolucionario estimula a sus seguidores para que manifiesten este último síntoma de la intoxicación de las masas y aprovecha a dirigir el frenesí de éstas contra sus propios enemigos, los sostenedores del poder político, económico y religioso.

En el curso de los últimos cuarenta años las técnicas para explotar el anhelo del hombre en la más peligrosa de las formas de autotrascendencia descendente han alcanzado un grado de perfeccionamiento nunca logrado antes. En primer lugar hay más gente en una milla cuadrada que antes y los medios de transportar vastas multitudes desde distancias considerables y de concentrarlas en un único edificio o una plaza son mucho más eficaces que en el pasado. Por lo demás se han inventado nuevos recursos para excitar a las masas, que antes ni siquiera se hubieran soñado. Hoy tenemos la radiotelefonía, que ha extendido enormemente el alcance de los broncos alaridos del demagogo. Tenemos el altoparlante, que amplifica y multiplica indefinidamente la violenta música de las clases odiadas y del nacionalismo militante. Tenemos también la cámara fotográfica (de la que una vez se dijo ingenuamente que no podía mentir) y sus descendientes, el cinematógrafo y la televisión. Estos tres medios hicieron absurdamente fácil la propagación de tendenciosas fantasías. Y finalmente tenemos la mayor de nuestras invenciones sociales, la educación libre y obligatoria.

Todo el que sabe leer queda en consecuencia a merced de los propagandistas del gobierno o del comercio, que se valen de las máquinas de linotipia y de la prensa. Reúnase a una multitud de hombres y mujeres previamente preparados por la diaria lectura de un periódico, hágasele oír la música amplificada de orquestas en medio de un escenario de brillantes luces y sométasela a la oratoria de un demagogo, que es (los demagogos siempre lo son) simultáneamente el explotador y la víctima de la intoxicación de las masas, e inmediatamente se la tendrá reducida a un estado de casi inconsciente subhumanidad. Nunca antes unos pocos estuvieron en posición de convertir a tantos en payasos, locos o criminales.

En la Rusia comunista, en la Italia fascista y en la Alemania nacionalsocialista, los explotadores de ese gusto fatal por el veneno de las muchedumbres que siente la humanidad han seguido ese camino. Cuando eran revolucionarios de la oposición, alentaban a las muchedumbres que estaban bajo su influencia a que emprendieran violencias destructoras. Más adelante, cuando llegaron al poder, sólo permitieron que la intoxicación de las masas se cumpliera en su proceso completo contra los extranjeros y las cabezas de turco escogidas por ellos. Teniendo interés en mantener el statu quo reprimieron entonces el descenso a lo subhumano hasta el punto en que el frenesí les era conveniente. Para esos neoconservadores la intoxicación de las masas tenía un valor capital pues les brindaba el medio de exaltar la capacidad de sus sujetos de hacerse aptos para que en ellos prosperara cualquier sugestión y hacerlos de esta suerte más dóciles a las expresiones de la voluntad autoritaria. Formar parte de una muchedumbre es el mejor antídoto conocido contra el pensamiento independiente; de ahí la objeción de los dictadores a una vida "meramente psíquica" y privada. "Intelectuales del mundo, uníos. Nada tenéis que perder sino vuestros cerebros."

Las drogas, la sexualidad pura y la intoxicación de las muchedumbres son los tres caminos más populares que conducen a la autotrascendencia descendente. Por supuesto que hay muchos otros no tan trillados como estos tres, pero que conducen con no menos eficacia a la misma meta infrapersonal. Consideramos por ejemplo el camino del movimiento rítmico. En las religiones primitivas se recurría a un prolongado movimiento rítmico como medio muy frecuente de producir un estado de éxtasis infrapersonal y subhumano. La misma técnica para alcanzar idéntico fin fue empleada por muchos pueblos civilizados, por los griegos, por ejemplo, por los hindúes y por muchos otros, como los derviches del mundo islámico, y aún por algunas sectas cristianas. En todos estos casos el movimiento rítmico prolongado y repetido constituye una forma de rito deliberado que se practica con el objeto de conseguir una autotrascendencia descendente. La historia consigna también muchos casos esporádicos de explosiones involuntarias e incontenibles de movimientos de vaivén cimbreantes y balanceos de cabeza. Estas epidemias de lo que en algunas regiones se conoce con el nombre de tarantulismo y en otras con el de baile de San Vito, se han presentado generalmente en los períodos de perturbación que siguen a las guerras, pestes y carestías y se dan más frecuentemente allí donde la malaria es un mal endémico. Los inconscientes propósitos de hombres y mujeres que sucumben a estas manías colectivas son los mismos perseguidos por los sectarios que se valen de la danza como de un rito religioso; esto es, evadirse de la aislada intimidad para dar en un estado en el que no existen responsabilidades ni sentido de culpa del pasado o preocupaciones por el futuro, sino sólo un presente, un arrobamiento de la conciencia de ser algo distinto.

Íntimamente asociado con el éxtasis producido por el movimiento rítmico, está el éxtasis producido por los sonidos rítmicos. La música es tan vasta como la naturaleza humana y siempre dice algo al hombre y a la mujer en todas las esferas de su ser. Desde la esfera sentimental y egotista hasta la de las abstracciones intelectuales, desde la mera esfera visceral a la espiritual. Entre los innumerables efectos de la música figuran los semejantes al de una poderosa droga que es en parte estimulante y en parte narcótica, efectos que se dan de un modo alternado. Ningún hombre, por civilizado que sea, puede escuchar por largo rato los tambores africanos o los cánticos de la India o los himnos galeses y conservar intacta su personalidad, su sentido crítico y su autoconciencia. Sería interesante tomar un grupo de los más eminentes filósofos de las mejores universidades, encerrarlos en una habitación caldeada con derviches marroquíes y vuduistas haitianos y medir con un reloj la fuerza de su resistencia psíquica a los efectos de los sonidos rítmicos. ¿Es que los lógicos positivistas se manifestarían más resistentes que los subjetivistas e idealistas? ¿Es que los marxistas demostrarían mayor resistencia que los tomistas o los vedantistas? iQué fascinador, qué fecundo campo de experiencia! Mientras tanto, todo lo que a este respecto podemos predecir con seguridad es que nuestros filósofos, expuestos por un tiempo suficiente a los sonidos de los "tum tum" y de los cánticos, terminarían por hacer cabriolas y aullar con los salvajes.

Los caminos del movimiento rítmico y del sonido rítmico están generalmente, por así decirlo, sobrepuestos al camino de la intoxicación de las masas. Mas hay también caminos privados, caminos que puede tomar el solitario caminante que no gusta de formar parte de una muchedumbre o que no tiene fe en los principios, en las instituciones o en las personas en cuyo nombre se reúne la multitud. Uno de estos caminos privados es el de los mantras, el camino que Jesucristo llamó "vana repetición". En los cultos públicos, la "vana repetición" está casi siempre asociada a los sonidos rítmicos; se cantan o por lo menos se entonan letanías y otras cosas de este género. Es en su condición de música como esas repeticiones producen efectos casi hipnóticos. Las "vanas repeticiones", cuando se practican en privado, obran sobre la mente no por su asociación con los sonidos rítmicos (pues obran aun cuando simplemente se imaginan las palabras) sino en virtud de una concentración de la atención y de la memoria. La repetición constante de una misma palabra o frase provoca con frecuencia un estado de lucidez y hasta de profundo rapto. Una vez logrado, este rapto puede ser gozado en lo que él mismo es, o sea como un delicioso sentimiento de algo distinto del yo personal y que está por debajo de él, o bien puede ser aprovechado deliberadamente a los efectos de mejorar la conducta personal por autosugestión y de preparar el camino para la consecución final de una autotrascendencia ascendente. Sobre esta segunda posibilidad hemos de decir algo más en un próximo párrafo. Por ahora nos interesa sólo considerar las "vanas repeticiones" como un camino descendente que conduce a la enajenación infrapersonal.

Consideremos ahora un método estrictamente fisiológico de evasión de la personalidad consciente y aislada: el camino de los castigos corporales. La violencia destructora que es el síntoma final de la intoxicación de las masas no siempre se dirige hacia el exterior. La historia de la religión abunda en gran número de casos en que sectarios fanáticos se flagelaban, se acuchillaban, se castraban y hasta se daban muerte. Tales actos son las consecuencias del delirio de las multitudes y se cumplen siempre en estado de frenesí. De muy distinto género son los castigos corporales que se emprenden en privado y a sangre fría. El tormento se inicia por un acto de la voluntad personal, pero su resultado (por lo menos en algunos casos) es una transformación momentánea de la personalidad aislada en algo distinto de ella. En sí mismo, eso distinto viene a ser la conciencia, tan intensa que es exclusiva del dolor físico. La persona que se castiga a sí misma llega a identificarse con su dolor y, llegando a convertirse en el mero conocimiento de su cuerpo sufriente, queda liberada de su sentimiento de un pasado culpable, de las frustraciones del presente y de esa obsesionante ansiedad acerca del futuro que constituye una parte tan amplia del yo neurótico. Ello viene a ser así una evasión de la personalidad consciente, un paso descendente a un estado de padecer puramente fisiológico; mas la persona que se atormenta no debe permanecer necesariamente en esta región de la conciencia infrapersonal. Lo mismo que el que se vale de las "vanas repeticiones" para trascender los límites de sí mismo, puede utilizar su transitoria enajenación como un puente que va, por así decirlo, desde su personalidad consciente a la vida del espíritu.

Esto plantea un problema tan importante como difícil. ¿Hasta qué punto y en qué circunstancias es posible para un hombre utilizar la vía descendente como un camino que lo conduzca a una autotrascendencia ascendente y espiritual? En un primer examen parecería obvio que un camino descendente nunca puede ser ascendente. Mas en la esfera de la existencia las cosas no son tan simples como lo son en nuestro bien compuesto y hermoso mundo de las palabras. En la vida real un camino descendente puede a veces constituir el comienzo de uno ascendente. Cuando se quiebra la corteza del yo y comienza éste entonces a tener conciencia de las otras esferas en que se fundamenta su personalidad, las esferas de lo subconsciente y de lo fisiológico, puede ocurrir a veces que vislumbremos fugazmente pero como algo apocalíptico esa otra cosa que es el Fundamento divino de todo ser. En tanto permanecemos confinados dentro de nuestra aislada personalidad consciente no advertimos los distintos "no-yo" con los que estamos asimismo asociados: el no-yo orgánico, el no-yo subconsciente, el no-yo colectivo del medio psíquico en el que tienen su existencia todos nuestros pensamientos y sentimientos y el no-yo, inmanente y trascendente a la vez, del Espíritu. Toda evasión, aun en un sentido descendente, de la personalidad aislada y consciente hace posible por lo menos una momentánea percepción del no-yo en todos los planos, incluso los más elevados. William James, en su Varieties of Religious Experience, da ejemplos de "revelaciones anestésicas" que siguieron a la inhalación de gases que provocan la risa. Los alcohólicos, a veces, han experimentado también análogas teofanías, y probablemente haya momentos en el curso de la intoxicación por las drogas en que le sea posible aun yo desintegrado el conocimiento de un no-yo superior; mas estos ocasionales destellos de revelación se pagan a un precio enorme.

Si es que llega a darse el momento de tal conocimiento espiritual, el morfinómano, por ejemplo, experimenta casi inmediatamente el sopor subhumano, el frenesí o la alucinación seguidos por lúgubres sensaciones y, a la larga, por un menoscabo fatal y gradual de la salud del cuerpo y del poder de la mente. Muy rara vez una sola "revelación anestésica" puede obrar, como lo hace otro tipo de teofanía, de modo que el sujeto se sienta incitado a realizar un esfuerzo de transformarse en la dirección de una autotrascendencia ascendente. Se trata de un camino descendente, y la mayor parte de los que echan a andar por él dan en un estado de degradación en el que alternan períodos de éxtasis subhumano con períodos de conciencia de suyo tan miserables que cualquier evasión, aun la que conduzca a un lento suicidio por la ingestión de drogas, parece preferible a ser una persona.

Lo que se ha dicho de las drogas puede aplicarse también, mutatis mutandis, a la sexualidad pura. El camino se extiende hacia abajo, pero en el recorrido pueden darse algunas ocasionales teofanías. Las oscuras divinidades, como las llama Lawrence, pueden cambiar su signo y convertirse en brillantes. En la India hay una secta yogui basada en una técnica psicofisiológica, cuyos propósitos son transformar la autotrascendencia descendente de la sexualidad pura en una autotrascendencia ascendente. En Occidente el equivalente más cercano a estas prácticas hindúes lo constituye la disciplina sexual inventada por John Humphrey Noyes y practicada por los miembros de la Oneida Community. Entre sus miembros la sexualidad pura no sólo constituía algo civilizado sino que hasta era compatible con una forma de cristianismo protestante, al que se subordinaba; se predicaba sinceramente y se practicaba con seriedad.

La intoxicación de las masas desintegra el yo de un modo más completo que la sexualidad pura. Su frenesí, su locura, su exaltación sólo pueden comprarse a la intoxicación producida por ciertas drogas como el alcohol, el hachís y la morfina. Pero hasta los miembros de una excitada muchedumbre pueden tener (en cierta fase de su autotrascender hacia abajo) una auténtica revelación de lo otro que está sobre la personalidad consciente. Ésta es la razón por la cual a veces puede resultar algo bueno aun de las más exaltadas reuniones religiosas; algo bueno así como muy grandes males pueden resultar también del hecho de que hombres y mujeres de una multitud tiendan a convertirse en seres ordinariamente sugestionados. Pues en ese estado se someten a exhortaciones que tienen la fuerza, cuando los sujetos vuelven a recuperar sus sentidos, de órdenes posthipnóticas. Lo mismo que el demagogo, el predicador religioso desintegra el yo de sus oyentes al agruparlos y al administrarles el profuso veneno de las "vanas repeticiones" y de los sonidos rítmicos. Luego, y en esto se diferencia del demagogo, los hace objeto de sugestiones, algunas de las cuales pueden ser auténticamente cristianas. Éstas, si llegan a "prender", determinan una reintegración de las personalidades desintegradas hacia abajo aun plano en cierto modo elevado. Puede haber también reintegraciones de la personalidad bajo la influencia de las órdenes posthipnóticas dadas por el más vehemente de los agitadores políticos, mas los mandatos de tal naturaleza son siempre incitaciones al odio por una parte y, por otra, a una ciega obediencia y a una ilusión compensativa. Las conversiones "políticas", iniciadas por la aplicación del veneno de las masas, confirmadas y dirigidas por la retórica de un loco que es al mismo tiempo un explotador maquiavélico de la debilidad de los hombres, vienen a ser creaciones de una nueva personalidad peor que la anterior que se tenía y mucho más peligrosa, puesto que los sujetos de tales conversiones se consagran de todo corazón a un partido cuyo primer objeto es la supresión de sus opositores.

He hecho una distinción entre demagogos y predicadores religiosos basándome en que estos últimos pueden a veces hacer algún bien en tanto que los otros, en virtud de la verdadera naturaleza de las cosas, no pueden hacer sino daño. Mas no ha de creerse por ello que los explotadores religiosos de la intoxicación de las masas son del todo carentes de culpa. Por el contrario, en el pasado han sido responsables de tantos daños inferidos a sus víctimas como en nuestros tiempos infieren a las suyas los demagogos revolucionarios. En el curso de las seis o siete generaciones últimas el poder de las organizaciones religiosas para hacer mal ha declinado considerablemente en todo el mundo occidental. Esto se debe en primer término al pasmoso progreso de las ciencias aplicadas y a la consecuente demanda, por parte de las masas, de ilusiones compensatorias que tuvieran un aspecto positivista más que metafísico. Los demagogos ofrecen tales ilusiones seudopositivistas en tanto que las iglesias no lo hacen. Al declinar la atracción de las iglesias, declina por ende su influencia, su riqueza, su poder político y junto con todo esto también su capacidad de hacer mal. Ahora las circunstancias han librado a los eclesiásticos de muchas de las tentaciones a las que en siglos anteriores sus antecesores casi invariablemente sucumbían. Voluntariamente se han librado también de algunas otras. La más visible de entre éstas es la tentación de adquirir poder explotando el insaciable anhelo de los hombres de autotrascenderse en forma ascendente. El administrar deliberadamente el veneno de las masas -aunque se haga en nombre de la religión, aunque se suponga que se hace "para bien" de los intoxicados- en modo alguno puede justificarse moralmente.

Muy poco es lo que hay que decir de la autotrascendencia horizontal. No porque este tipo de fenómeno carezca de importancia (muy lejos de ello) sino porque es tan evidente que no pide análisis alguno y porque ocurre con tanta frecuencia que es fácilmente identificable.

Con el fin de huir de los horrores de la aislada personalidad consciente, la mayor parte de los hombres y mujeres prefieren las más veces, en lugar de tomar la vía ascendente o la descendente, echar a andar por un camino que está en el mismo plano de su yo. Se identifican con alguna causa más amplia que sus propios intereses inmediatos, mas que no es de una categoría inferior y si es más elevada lo es sólo en la medida en que entraña valores corrientes de la sociedad. Esta autotrascendencia horizontal o casi horizontal puede darse en algo tan trivial como un hobby o en algo tan importante como un matrimonio por amor. Puede darse a través de la identificación con alguna actividad humana, desde la dirección de un negocio hasta las investigaciones de la física nuclear, desde la creación musical a la colección de sellos de correos, desde la educación de los niños hasta el estudio de los hábitos de los pájaros. La autotrascendencia horizontal es de suma importancia. Sin ella no habría arte, ni ciencia, ni legislación, ni filosofía: en una palabra, no habría civilización. Y no habría tampoco guerras ni odium theologicum o ideologicum ni intolerancias sistemáticas ni persecuciones. Todos estos grandes bienes y estos grandes males son el fruto de la capacidad del hombre de identificarse total y continuamente con una idea, un sentimiento, una causa. ¿Cómo haremos para poseer el bien sin el mal, una elevada civilización sin que esté saturada de bombas o en donde no haya exterminio de herejes políticos o religiosos? La respuesta es que no podremos tener tal cosa en tanto nuestra trascendencia continúe siendo meramente horizontal. Cuando nos identificamos con una idea o una causa la verdad es que estamos rindiendo culto a algo "hecho en casa", a algo parcial y, por así decirlo, provinciano, algo que, por noble que sea, es, con todo, demasiado humano. "El patriotismo -como dijo una gran patriota la víspera de su ejecución por enemigos de su país- no basta." Ni bastan el socialismo, ni el comunismo ni el capitalismo ni el arte ni la ciencia ni el orden público ni ninguna de las iglesias o religiones dadas. Todas estas cosas son indispensables, pero ninguna de ellas basta. La civilización demanda de los individuos una devota identificación con las supremas causas del hombre. Mas si esa identificación con lo humano no se acompaña por un esfuerzo consciente y sostenido por alcanzar una autotrascendencia ascendente que conduzca a la vida universal del Espíritu, los bienes que se alcancen siempre estarán mezclados con el contrapeso de los males. "Hacemos -escribió Pascal- un ídolo de la verdad en sí misma, pues la verdad sin caridad no es Dios sino su imagen y por ende un ídolo al que no debemos amar ni adorar." Y no sólo es dañoso adorar un ídolo; es además extremadamente inconveniente. El culto de la verdad como cosa independiente de la caridad -la identificación con la ciencia sin que esté acompañada con la identificación con el Fundamento divino de todo ser- determina situaciones como las que ahora tenemos que enfrentar. Todo ídolo termina por convertirse en un Moloch sediento de sacrificios humanos."