Hace un tiempo encontré/leí este artículo zascandileando por las Redes..., me pareció una reflexión bastante acertada.
Cuaderno de Bitácora de un insensato en moto
¿Son los motoristas mejores
conductores?
La moto no perdona lo que el
coche oculta.
Por RikyRiker.
Hasta ahora hemos hablado de dos efectos profundos de conducir una moto.
Primero: la vulnerabilidad mantiene activo el sistema de alerta. Segundo: esa alerta constante entrena la capacidad de leer la carretera.
Pero hay un tercer elemento, menos evidente y quizá aún más interesante. La moto obliga al conductor a “sentir la carretera”.
El coche, en cambio, está
diseñado para **filtrarla**. Y esta diferencia cambia radicalmente la manera en
que se aprende a conducir.
La ingeniería del automóvil moderno tiene un objetivo claro: aislar al conductor
del entorno. Suspensiones que absorben irregularidades. Direcciones asistidas
extremadamente suaves. Control de estabilidad. ABS avanzado. Aislamiento
acústico. Electrónica que corrige errores.
Todo eso hace que conducir un coche moderno sea extraordinariamente cómodo y seguro.
Pero también tiene un efecto colateral: Muchas de las señales físicas que produce la carretera “desaparecen o llegan muy atenuadas al conductor”. El coche amortigua. La moto, en cambio, **amplifica**.
En una moto se siente todo. Se siente el cambio de textura del asfalto. Se siente la pintura de una señal horizontal cuando está mojada. Se siente una gravilla que en coche apenas notarías. Se siente una ligera pérdida de adherencia mucho antes de que se convierta en un problema.
Y cuando tu seguridad depende directamente de esas sensaciones, aprendes a interpretarlas.
No es una habilidad que se enseñe en una autoescuela. Es una forma de percepción que se desarrolla con la experiencia. Veamos algunos ejemplos muy comunes en carretera.
La rotonda después de la lluvia.**
Cualquier conductor ha pasado por una rotonda mojada. Pero el motorista sabe algo que muchos conductores de coche apenas perciben: el punto más resbaladizo no suele ser el asfalto. Son las “marcas viales pintadas”. Las flechas blancas. Los pasos de peatones. Las líneas de delimitación.
En coche, con cuatro ruedas y sistemas electrónicos corrigiendo la trayectoria, es fácil atravesarlas sin notar nada. En una moto, si entras inclinado sobre pintura mojada, el neumático puede perder adherencia durante un instante muy claro. Ese pequeño deslizamiento se siente inmediatamente. Y esa sensación queda grabada en la memoria. A partir de ese momento, el motorista empieza a trazar las rotondas de otra manera. Con más suavidad. Con más margen. Con más respeto por el pavimento.
El camión que ha dejado gravilla en la curva.**
Carretera secundaria. Curva de derechas. Un camión de obra ha pasado unos minutos antes dejando pequeñas piedras dispersas cerca del arcén. Para un coche, eso suele ser apenas un ligero ruido bajo los neumáticos. Para una moto puede ser la diferencia entre una trazada limpia y una pérdida de control. Por eso muchos motoristas desarrollan otro hábito muy característico: “escanean el asfalto”. No sólo miran coches. No sólo miran señales. Miran el pavimento. Buscan manchas oscuras de gasóleo. Buscan arena arrastrada por la lluvia. Buscan hojas húmedas en otoño. Buscan irregularidades en la superficie.Ese tipo de observación rara vez aparece en las conversaciones habituales sobre conducción… pero forma parte del repertorio mental de muchos motoristas experimentados.
El viento lateral en una autopista abierta.**
Hay otro fenómeno que la moto
obliga a percibir constantemente : El viento.
En una autopista expuesta, una ráfaga lateral puede desplazar una moto varios
centímetros dentro del carril. El motorista aprende rápidamente a detectar
señales previas. La forma en que se mueven los árboles. Un hueco entre
edificios. El adelantamiento a un camión que rompe el flujo de aire. Todo eso
obliga a mantener una atención permanente sobre algo que muchos conductores de
coche apenas registran.Porque el coche, una vez más, lo amortigua.
Todo esto nos lleva a una idea interesante desde el punto de vista de la seguridad vial. La conducción no es sólo una cuestión de normas. Es también una >>relación sensorial con el entorno<<.
Cuanta más información recibe el conductor sobre lo que está ocurriendo a su alrededor, más capacidad tiene para anticipar problemas. La moto, por su propia naturaleza, convierte al conductor en un sensor extremadamente sensible de la carretera. Cada curva. Cada textura del asfalto. Cada cambio de adherencia. Todo se convierte en información útil.
Y esa información, acumulada durante miles de kilómetros, forma un tipo de experiencia muy particular.
Una experiencia que no desaparece cuando el motorista se sube a un coche. De hecho, ahí es donde ocurre algo especialmente interesante. Porque cuando alguien que ha aprendido a conducir en ese nivel de sensibilidad se sienta al volante de un coche, no deja de percibir esas señales. Simplemente ahora tiene **más margen para reaccionar**.
Y esa combinación -conciencia de riesgo más margen de seguridad- produce a menudo un tipo de conductor muy particular. Uno que mantiene más distancia. Uno que observa más. Uno que anticipa más.
Pero eso nos lleva al siguiente
capítulo. Porque cuando un motorista se sube a un coche, no sólo cambia el
vehículo. Cambia la forma en que interpreta a todos los demás usuarios de la
carretera. Y esa transformación dice mucho sobre cómo aprendemos realmente a
conducir.